Esa vez perdimos demasiado. Ya no quedaban canciones, ni risas, ni batallas. No quedaba nada por lo que luchar, nada por lo que perder. Sencillamente, ya no quedaba nada. Absolutamente nada.
«Buenas tardes, damas y caballeros. Mi nombre es Euphoria.
Y soy una leyenda».
¿Cuánto tiempo hacía ya de eso? Lo había olvidado. Ya no sabía nada, y tampoco me apetecía. Sencillamente… Me había dejado vencer. Lo había dejado todo, absolutamente todo. Los discursos, las miradas, el valor. Ah, y también el alma. Porque tú fuiste demasiado grande. Demasiado poderosa. Demasiado imbatible.
Fue aquella maldita pregunta. Me hizo vacilar. Dudé, más de lo que debía. Fallé. Y el mundo sabe que los errores no se perdonan, y menos en tiempos de guerra. Menos en tiempos como los que tuve que vivir.
Fui una canción, una aventura. Una historia, un sentimiento, una mirada. La última sonrisa y todas sus consecuencias. Lo fui todo. Supongo que era justo que también lo perdiese todo.
«Eh, Nate. Tienes que prometerme algo, ¿sabes? Me lo debes».
Sólo me quedaban recuerdos. Y a lo mejor no eran reales. A lo mejor me los había inventado y sólo eran lo que quedaba de una mente destrozada. Los restos de una locura. Quizás nunca me llamé Euphoria, y era una Skye más. Una mala mentira, o una página arrancada. Quizás no era ni humana. ¿Me habría inventado eso también? A saber. Misterio.
—¿Todavía te queda aliento?
Miré hacia arriba de nuevo. Y allí estaba ella, otra vez. Sonriendo. Dichosa estúpida, que se atrevía a enfrentarse al mundo. ¿Nadie le había enseñado lo que era la proporción mil a uno? Iba a perder. Se le notaba en la mirada, en la forma de hablar. Incluso su sonrisa mal hecha la delataba. Yo siempre sonreiría mejor, al menos. Una de sus negras cejas formó un arco perfecto. Esperaba una respuesta.
«Pues agárrate a la silla, pequeña».
—Para ti tengo de todo. Aliento, valor, coraje y una gran cantidad de estupidez. Para ti tengo doscientas balas, y quinientos discursos. Tengo torturas planeadas, y posibles conquistas mundiales. Tengo guerreros armados que dispararían sin vacilar, motivos para desearte lo peor. Para ti tengo más de lo que podrías soportar.
Se rió. De mentira, claro. Ella era incapaz de reírse de verdad. Le habían quitado demasiado como para eso. Sus ojos azules brillaban sin fuerza, serios y arrogantes a pesar de ello, y su boca se torcía como si no estuviese acostumbrada a reír. En mis oídos repiqueteó el sonido de la falsedad. Una parte de mí se sintió molesta por ello. ¿Iba a mentirme, después de todo? Y ni siquiera había tenido el detalle de hacerlo bien.
—Bien. Así podrás dedicarme unas últimas palabras. ¿Qué tiene que decir la Revolucionaria? ¿Qué es lo que esconde en su corazón?
Sacó una pistola, y me apuntó directamente a la cabeza. Sin vacilación alguna.
«Sólo por ti, Skye. Que no sea una despedida».
Debería haber dicho eso. Hacía mucho tiempo que se lo había prometido a Skye. Pero yo nunca cumplo mis promesas. Y no es porque no lo intente, de verdad. Pero a veces hay otras cosas que decir. A veces, mi lengua parece hablar sola y me toca a mí sentirme estúpida.
—Deberías practicar eso de hacer de mala. No se te da bien.
Su dedo estuvo a punto de apretar el gatillo. Sin embargo, una pregunta asomaba a sus ojos. Ahí estaba el deber. Pero la curiosidad acabó ganando.
—Dime una cosa... ¿Matarías, Euphoria?
La sonrisa apareció sola, sin avisar. Se extendió por mi cara como una enfermedad. La enfermedad de la soberbia, esa era la mía. No voy a mentir, estaba orgullosa de ser tan egoísta. Alguien me dijo una vez que los egoístas siempre ganaban. Normalmente era cierto. Pero mi historia nunca fue normal.
—A ti, mil veces.
Mentí.
Y un fuerte olor a pólvora fue mi recompensa.
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